
LAS FLORES DE RETAMA
La retama, es una planta leguminosa de flores amarillas; elemento decorador, influye en el paisaje natural de Viraco.
Las flores de retama se dan gratuitamente, generosamente. Son como pequeñas lámparas cuyas luces sirven tan sólo para alegrar el alma y cuyos dulces rayos tan solo se propagan en el espacio de la meditación. Son flamas de ténue luz que el sol no apaga sino al contrario enciende. Decoran profusamente las orillas de los largos caminos, ponen sobre las tapias el derroche de su alegría campesina y cuando viene la noche se apagan para difundir en el aire glacial y silente el regalo de su perfume, la adorante transmutación de la luz.
La retama es la flor de la sierra. En la multiplicación de sus corolas adorables, encontramos la imagen de las pequeñas alegrías en que la vida es pródiga. Son sin duda incontables, pero por más que se prodiguen, nunca pueden llenar el espacio sin fin donde fulguran.
Hay en su color yo no se que mezcla indecisa de oro y azul, yo no se que reminiscencia evanescente del verde de los campos. Las retamas son como una pequeña canción, como un fino madrigal en que un poeta innominado hubiese comprimido, junto con el ardor de su pasión, la etérea inconsistencia de su esperanza

LOS EUCALIPTOS
Árbol mirtáceo, muy alto de hojas persistentes lanceoladas, olorosas, colgantes y medicinales, con corteza curtiembre, muy común en la zona de Viraco. Los troncos de este árbol, son utilizados en la construcción de viviendas y áreas techadas, sirve como elemento ornamental en el paisaje.
En la zona de Viraco los eucaliptos son los negros fantasmas que la luna suscita en el espacio transparente. Oscilan levemente, se inclinan y se yerguen con majestuoso ritmo y llenan sin turbarlo, con su rumor marino, el misterioso silencio de la noche.
Eucalipto, árbol de la sierra, árbol triste, sombrío y en medio de sus semejantes, solitario.
Como la espiral de una plegaria dolorida sube hasta el cielo y allí se pierde, mientras sus hojas azuladas musitan las palabras indecibles de su secreta confidencia. Recoge las palpitaciones del ande y la transmuta en la religiosa melancolía de la vida. Por su tronco vertical sube la dura savia de la tierra; en el perfume de su resina, destila su tónica fragancia y en el misterio de sus bosques se agitarán acaso las miríadas aún desconocidas de sus genios.

LOS CACTUS
Limitan los espacios y sirven como elemento ornamental del paisaje.
Se encuentran en las cercas, desempeñando funciones de custodia y defensa, crecen los cactus. Hay uno que se llama gigantón, cuya figura semeja un candelabro y cuyos brazos erizados de espinas elevan al cielo, en actitud votiva, unas magníficas flores níveas de denso perfume, en el cual se respira una mezcla turbadora de elevación y deseo.
Las tunas exhiben sus verdes paletas que bordean los frutos ovoides y que se parecen a los pies chatos de los indios.
Y al ras del suelo, las pencas azuladas se abren como flores de cuyo seno brota, inútil y vulgar el maguey.
Los cactus con sus armas temibles, siempre están al borde, al margen como diríamos ahora. Pues aunque los han puesto con un objeto de custodia y defensa, jamás hieren a nadie y miran el camino arcilloso por donde pasan los rebaños de llamas y de ovejas sin que el más leve vellón se quede nunca entre sus garras.
Sus heridas son ponzoñosas, pero los cactus nunca atacan. Y así erigen sus espinas inútiles, estas pobres fieras inofensivas de la vegetación.
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