HORAS DE SOL
Influye en el paisaje, en Viraco se tiene un promedio de 5 a 9 horas de sol diarias.
Se ha dicho del sol, que es el pintor más admirable y eso es cierto; más en cada región pinta con un estilo diferente. En Viraco el sol no divaga, no diluye las formas ni busca efectos impresionantes. Posee todos los secretos de la cromática y obtiene combinaciones de una sin par, delicadeza, pero nunca o casi nunca olvida el entorno, la figura, la línea.
Por todo lo cual puede decirse que, a excepción de los crepúsculos, en que es romántico, el sol de la sierra, trabaja siempre como un clásico.
Y no solo es pintor, es también escultor, con figura; pule, plasma los objetos, les da contornos, corporeidad, relieve. Hace que la vista no solo vea, sino que también toque, palpe. Así el sol suscita por doquier la ilusión del volumen, define las aristas de las rocas y hasta confiere una falaz solidez a las masas de las nubes errantes.
La expresión del paisaje muda maravillosamente por la obra de la luz. Cuando una nube pasa por delante del sol, hay en el paisaje como un efecto de pedal, un pianismo; las mismas notas vibran todavía, pero apagadas, sombrías, profundas y más tenues. La nube se aleja o se disipa y es como si en la armonía de los colores alguien oprimiera otro pedal, porque todos suenan con una fuerza inesperada en el brutal apogeo de la luz.
Así como las decoraciones de un teatro, por virtud de un sabio artificio de iluminación, cambian lentamente de color, así algunas tardes, las nubes vaporosas, inmóviles, flotantes, pasan del limón al naranja, al rosa, al rojo y luego se van consumiendo ascuas sobre la transparencia turquesa del espacio. Estos cielos son verdaderamente la imagen incomparable de lo etéreo, la realización difluente, más pura, más ideal e inefable de la imaginación universal.

ESTACIONES DEL AÑO
Esta secuencia en el paisaje de Viraco lo determinan las estaciones del año.
Desde Diciembre hasta Abril, dominan el paisaje, ora la gris opacidad de la lluvia en que los colores se apagan, ora la iluminación solar en que se avivan. En estos meses los cambios tienen una coloración verde y fresca y al mismo tierno palpita y misterioso bajo las sombras de los árboles.
En Mayo comienzan a madurar los sombríos de cebada y trigo; coronan cual erizada cabellera de oro el lomo de las colinas, se desbandan por las laderas y cubren pródigamente las tibias hondonadas y las extensas pampas.
Junio y Julio son meses brillantes y fríos, lleno de la alegría de las trillas. En el triste y claro Agosto, silva el viento en las gargantas de los andes, inclina las copas de las resecas campiñas.
En Agosto vuelan los chicos sus cometas y tiene yo no se que melancolía poesía ver cómo a veces, las vistosas cometas, símbolo de radiantes alegrías y de infantil confianza, penden medio desechas, de los alambres de la luz en las calles de las aldeas silenciosas. Se mueven, prisioneras, a impulsos de un viento que ya no dominan y sus colores palidecen como una vida inútil.
Setiembre y Octubre son meses primaverales y floridos; las retamas vuelven profusas a los campos y en las huertas los duraznos y manzanas prodigan sus exquisitas florecillas de porcelana blanca y rosa. En fin, viene Noviembre mes de raras aunque furiosas tempestades que, con los súbitos oscureceres de la naturaleza que ellos provocan y con su fulgurante acompañamiento de rayos, componen un como violento preludio de la estación que llega
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